“Ahora me siento una persona normal”

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Érase una vez una chica, llamada Laura, de un pequeño pueblo de Toledo, que en plena juventud de la vida, cuando los sueños flotan en nuestras cabezas, ella ve cómo todo se desmorona, y sus sueños se hacen cenizas.

“Llega un momento en que sientes que lo pierdes todo y no hay salida. Con 27 años ves que tu vida se ha acabado”. Sus amigas tienen sus estudios y sus trabajos. Se las ve felices, y ella no encuentra sentido a su vida. “Ves que a ellas le va bien, tienen dinero y tú no eres así. La vida no me trató igual”, comenta.  No tenía apoyo familiar porque también su familia necesitaba ayuda.  “Te encuentras tan hundida que sólo quieres desaparecer”, afirma.

Dios siempre pone en nuestro camino a las personas adecuadas en el momento adecuado. Eso le ocurrió a Laura que llegó a Cáritas Diocesana de Toledo gracias a la trabajadora social de su pueblo que le habló del Albergue “Cardenal Marcelo González Martín”, como un lugar donde podría estar tranquila y poder intentar rehacer su vida. Antes de llegar al Albergue había vivido en una casa de okupa, todo el día tumbada, sin hacer nada. Lo mismo era el día que la noche. Sin trabajo, sin motivación alguna. Joven pero mayor de espíritu porque las ganas de vivir eran mínimas, y a la mínima daba una oportunidad al suicidio.

Al llegar al Albergue de Cáritas, ella era de las pocas mujeres que había, y allí empezó, gracias a los trabajadores sociales, a tener hábitos y rutinas. Su vida tenía cierto orden. “Poco a poco empecé a creer en mí”, “porque –añade- soy joven y tengo muchas actitudes que fomentar”. Así que poco a poco se encontró mejor y la ilusión volvió a su vida, “porque me siento una persona normal, con sueños y con esperanzas”.

Laura se siente útil, y en el Albergue ha encontrado una salida. La salida en ocasiones se encuentra sólo estando serena y organizando el día a día. “Estaba en un pozo, no veía salida y ahora veo la luz”, y “me siento valiosa”, porque según Laura “sé que Dios me ha tocado de alguna manera, no sé cómo, quizás a través de los trabajadores sociales, a través de sus consejos y de sus ayudas”. Ahora vive en un piso, es independiente y se siente valiosa, y “quiero ir a la Universidad, porque sé que puedo”.

“Estuve hundida, pero sé que se puede salir a flote, con ayuda y con personas que te escuchan y te orientan. Sola sé que no podré hacerlo”. Laura tiene 28 años y poco a poco va recuperando la normalidad de su vida, confiando en ella y en los demás, porque ahora Laura puede empezar a escribir “Érase una vez…”

La misericordia de Dios una vez se hace patente. La misericordia de Dios toca corazones, que transforman.

Por Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo

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