“Aquí puedo mirar al cielo con tranquilidad”

Quién le iba a decir a Ana y a su marido Pablo que la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 les uniría con Toledo.  Su estancia en Toledo, mientras estuvieron ese caluroso agosto  en casa de una familia les cambiaría la vida. Hicieron amigos, y las manos de una familia toledana se abrieron para este joven matrimonio sirio. Una familia que se convirtió en hogar-refugio tres años después. Dios establece los medios  y los tiempos para que cuando necesitemos ayuda la encontremos, en el momento justo. “Pedid y se os dará”. Es lo que les ocurrió a Ana y a Pablo, que junto con sus dos hijos, salieron hace dos años de Alepo (Siria) en búsqueda de un futuro mejor, en busca de un lugar en paz. “Tomar la decisión fue difícil. Salir de tu casa, dejar tus recuerdos…pero todo por volver a sonreír”.

“No puedo dejar a mis hijos sin futuro”. Son palabras de Ana, que emocionada y con los ojos llorosos, recuerda cómo llegó a Toledo y cómo tuvo que salir de Alepo en coche, porque en su ciudad, en su barrio las bombas eran frecuentes. Un viaje lleno de incertidumbres y por qué no de miedos. ¿Cómo sería nuestra vida?   “No podíamos hacer vida normal. Un día ibas al trabajo, y el otro no. Un día los niños podían ir al colegio, al otro no. Nunca se sabía cómo sería el día siguiente”, afirma Ana, que comenta que hasta el estallido de la guerra vivían felices en su ciudad, con su familia.

Tras la guerra todo cambió. “Vivíamos con miedo continuamente. No sabías si las bombas te alcanzarían”, por lo que fueron valientes, confiando siempre en que Dios les acompañaría, y decidieron venir a Toledo. Gracias a la familia que Dios les puso en su camino en 2011, hoy vislumbran un futuro con esperanza en Toledo.

Pablo es abogado y junto a su mujer y sus hijos vivían bien en Alepo, con los problemas típicos del día a día, pero “tranquilos y con futuro, hasta que la guerra se instaló en nuestras vidas, y el futuro era incierto. El futuro no era futuro”. Sabían que el futuro lo tenían que construir, que encontrarían cómo, y en Toledo han empezado a levantarlo.

En estos momentos los recursos que nosotros aquí consideramos imprescindibles como el agua o la electricidad, en Alepo no lo tienen; están restringidos y hay que comprarlos, todo en un país con una inflación que se ha desbordado. Ana explica que antes de la guerra (hace tres años) 1 euro equivalía a 70 libras sirias; en la actualidad 1 euro son 560 libras sirias.

En Toledo viven con gran esperanza y con mucha ilusión, no sin dificultad, como el idioma, pero gracias a sus ganas y a su esfuerzo en poco tiempo han aprendido el español, -e incluso el toledano- y se desenvuelven perfectamente. La sonrisa y la esperanza se descubren en su rostro; la tranquilidad de que se puede empezar de nuevo; hoy tranquilos, aunque echando de menos a sus familias con las que hablan con frecuencia.

Ana se muestra contenta de estar en Toledo, una ciudad que le apasiona, y está muy agradecida con Cáritas Diocesana de Toledo, donde han encontrado un hogar y un motivo para sonreír. Gracias a las personas que no los han dejado solos en ningún momento. Cáritas es estar. Cáritas es acompañar. “Aquí hay paz. Aquí puedes mirar el cielo con tranquilidad”, manifesta.

Ana y Pablo son ejemplo de que el amor cuando se da, multiplica. Hoy son voluntarios de Cáritas Diocesana, donde se entregan por los demás, por los que están solos y por los que también buscan como ellos un futuro mejor.

Un regalo para Cáritas Diocesana poder contar con ellos y hacernos ver que nosotros “los que estamos bajo un cielo en paz”, podemos darles una nueva oportunidad. Un futuro para ellos y sus hijos. La misericordia es oportunidad. La misericordia de Dios se llama también futuro.

Escrito por el Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo

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Decir sí a la vida. Sí a la felicidad

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La historia de Carmen es una historia de lucha continua. Superación y sufrimiento. Una historia en la que ha demostrado que decir sí a la vida es decir sí a la felicidad y a la esperanza.

Carmen vino a Toledo cuando tenía 31 años, procedente de Perú, porque aquí en España trabajaba su marido, Pablo. Vino como tantas madres y padres que dejan a su familia para encontrar y forjar un futuro mejor. Llegó sola y posteriormente vino el hijo de Pablo, aunque Carmen se hizo cargo de él desde que éste tenía dos años.

Aquí en Toledo nació su hija Carla, y cuando ésta era un bebé –con año y medio- Carmen se queda embarazada de nuevo. “¡No podía ser! ¡Ahora no puede ser!”, son las frases que más e Los miedos, las dudas y la incertidumbre se apoderaron de Carmen. No veía solución, por lo que decidió que no podía seguir adelante. Había que abortar. La sociedad le animaba. Era sencillo hacerlo.  “No puedo atender a dos bebés a la vez”, era su pensamiento que se repetía continuamente. “No voy a poder. Imposible mantenerlo”.

Una mañana cuando Carmen andaba deprisa,  empujando el carrito de su hija dirección a la asistenta social para que esta le leyera los derechos para poder abortar, su marido Pablo salió corriendo detrás de ellas, gritando: “No lo hagas. Vamos a hablar. Dios nos va a castigar”. Carmen estaba decidida a abortar. Pero de pronto frenó, se detuvo, y ese “no lo hagas” que le suplicaba su marido, caló en su corazón, y dio vuelta atrás. Lo pensaría, no estaba sola.

Por la noche fueron a la Iglesia y llorando, profundamente tristes, contaron su caso al sacerdote, que les dijo: “No lo hagas. Sigue adelante con tu bebé. Nosotros te ayudaremos”. La fuerza de la oración. La misericordia de Dios presente en cada uno de nosotros. Rezaron mucho para que Carmen pudiera tener su bebé, y hoy es un precioso niño de 5 años, que es el motivo de su alegría y de su sonrisa. Gracias a Dios, y gracias a todas las personas que fueron misericordiosa con Carmen y su familia. Hoy con una sonrisa en los labios, con los ojos llenos de lágrimas. Carmen sabe que es dichosa, y que es feliz con su hijo.

La vida no ha sido fácil. No lo ha sido y no lo es. Son  muchos problemas y muchas dificultades. Hace cinco meses Pablo falleció en un accidente de tráfico. No tenía testamento, no tenía la documentación arreglada, y hoy Carmen no tiene ayudas de ningún tipo. No puede cobrar pensión de viudedad. En Cáritas la están ayudando –a ella y a sus tres hijos- en la vivienda, en la alimentación, en la educación de sus hijos (que vienen a los Talleres Infantiles), en el pago de recibos.  “Cáritas me ayuda en todo. Son mi familia aquí en Toledo”, concluye Carmen, que ve con esperanza el futuro. En medio de las cruces de cada día, siempre sale el sol. Siempre una sonrisa.

Testimonio escrito y recogido por el Departamento de Comunicación de Cáritas

Diocesana de Toledo

“Gracias a un sacerdote, hoy sigo adelante”

Jesahira

Jesahira es de Honduras, un país en el que hay mucha delincuencia y mucha inseguridad. El miedo era continuo en ella, porque se sentía en el “punto de mira” de los delincuentes. Además había mucha pobreza, por lo que con 21 años llegó a España. Primero a Madrid donde comenzó a trabajar como pudo y en lo que había. Estando en Illescas,  donde también trabajó, embarazada de siete meses, sintió contracciones muy fuertes y la ambulancia la trajo al Hospital Virgen de la Salud de Toledo.

Jesahira no había querido vivir nunca en Toledo, porque lo consideraba un pueblo, pero el nacimiento de su hija pequeña la llevó hasta Toledo. Estando en el hospital, con su bebé en la UCI, un sacerdote la visitó y le ayudó a cambiar su vida. Había llegado a Toledo, sola sin recursos y con un bebé.

“Me dijo que me dejara ayudar y que me quedara en Toledo, que no me iba a faltar de nada”, recuerda las palabras del sacerdote, que en aquel momento fue su ángel de la guarda. El sacerdote le presentó a la madrina de su hija, se fue a vivir con ella y así comenzó su andadura en Toledo, donde poco a poco ha ido rehaciendo su vida. “Era demasiado rebelde y no quería que me ayudaran en ningún momento, pero poco a poco he ido cambiando, gracias también a la paciencia de los demás”.

Jesahira se definía como “atea a la Virgen”. Es decir, que no creía ni en la Virgen María ni en los santos. Aquí en Toledo, gracias a los sacerdotes y a los amigos que le acogieron, descubrió a la Virgen María. Vino a España sólo habiendo recibido el bautismo. Hoy ya ha recibido la Eucaristía y la Confirmación.

Ahora está estudiando un curso de Peluquería y vive con su hija y su madrina. “En Toledo está mi familia, las personas que me han aguantado en todo momento, que me han escuchado y que a pesar de mi rebeldía han estado allí”, porque según Jesahira “no me han dejado sola en ningún momento”.

“Mi madre me decía que iba a llegar a Honduras en un ataúd”. Gracias a la ayuda de la Iglesia, de Cáritas y de todas las personas que me han escuchado, atendido emocionalmente y aconsejado “sé que no será así, porque mi futuro será muy bueno”, comenta esta madre, que manifiesta con emoción “al nacer mi hija se me abrieron todas las puertas, y todo gracias a Dios y a Cáritas”.

Por Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo

“Ahora me siento una persona normal”

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Érase una vez una chica, llamada Laura, de un pequeño pueblo de Toledo, que en plena juventud de la vida, cuando los sueños flotan en nuestras cabezas, ella ve cómo todo se desmorona, y sus sueños se hacen cenizas.

“Llega un momento en que sientes que lo pierdes todo y no hay salida. Con 27 años ves que tu vida se ha acabado”. Sus amigas tienen sus estudios y sus trabajos. Se las ve felices, y ella no encuentra sentido a su vida. “Ves que a ellas le va bien, tienen dinero y tú no eres así. La vida no me trató igual”, comenta.  No tenía apoyo familiar porque también su familia necesitaba ayuda.  “Te encuentras tan hundida que sólo quieres desaparecer”, afirma.

Dios siempre pone en nuestro camino a las personas adecuadas en el momento adecuado. Eso le ocurrió a Laura que llegó a Cáritas Diocesana de Toledo gracias a la trabajadora social de su pueblo que le habló del Albergue “Cardenal Marcelo González Martín”, como un lugar donde podría estar tranquila y poder intentar rehacer su vida. Antes de llegar al Albergue había vivido en una casa de okupa, todo el día tumbada, sin hacer nada. Lo mismo era el día que la noche. Sin trabajo, sin motivación alguna. Joven pero mayor de espíritu porque las ganas de vivir eran mínimas, y a la mínima daba una oportunidad al suicidio.

Al llegar al Albergue de Cáritas, ella era de las pocas mujeres que había, y allí empezó, gracias a los trabajadores sociales, a tener hábitos y rutinas. Su vida tenía cierto orden. “Poco a poco empecé a creer en mí”, “porque –añade- soy joven y tengo muchas actitudes que fomentar”. Así que poco a poco se encontró mejor y la ilusión volvió a su vida, “porque me siento una persona normal, con sueños y con esperanzas”.

Laura se siente útil, y en el Albergue ha encontrado una salida. La salida en ocasiones se encuentra sólo estando serena y organizando el día a día. “Estaba en un pozo, no veía salida y ahora veo la luz”, y “me siento valiosa”, porque según Laura “sé que Dios me ha tocado de alguna manera, no sé cómo, quizás a través de los trabajadores sociales, a través de sus consejos y de sus ayudas”. Ahora vive en un piso, es independiente y se siente valiosa, y “quiero ir a la Universidad, porque sé que puedo”.

“Estuve hundida, pero sé que se puede salir a flote, con ayuda y con personas que te escuchan y te orientan. Sola sé que no podré hacerlo”. Laura tiene 28 años y poco a poco va recuperando la normalidad de su vida, confiando en ella y en los demás, porque ahora Laura puede empezar a escribir “Érase una vez…”

La misericordia de Dios una vez se hace patente. La misericordia de Dios toca corazones, que transforman.

Por Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo

Dios me quiere como soy

juanLa historia de Juan es una historia de superación. Juan sabe lo que es empezar de cero y conoce la misericordia de Dios. “Dios me quiere como soy. Dios me ama”, afirma. El amor misericordioso de Dios lo ha conocido y sabe que el Señor siempre le cuida. Juan pensaba que se sabía cuidar solo pero no era así. Es la misericordia de Dios en Juan y en los demás lo que le ha hecho cambiar de vida, comenzar de nuevo y darse cuenta de que hay un mundo, en el que es posible ser feliz.

Juan, que procede de los países del Este, llegó a España en 2003. En su país perdió a su familia. No tenía ni amigos ni familiares. Conoció desde muy joven la soledad, lo que le llevó a tener “malos amigos” que tanto en su país como en España le engañaron.  Ganaba dinero de forma fácil, pero tal y como entraba salía. Cometió un robo por hacerle un favor a uno de ellos, y a partir de ahí supo que su vida tenía que cambiar. Así no podía seguir, por lo decidió entregarse voluntariamente a la policía para cumplir su condena y poder alejarse de la vida que llevaba.

En la cárcel donde trabajó en un módulo de educación especial al cuidado de presos con enfermedades mentales aprendió que la violencia no tiene salida y que todos nos necesitamos unos a otros. Dios le mostró otras realidades. Enfermos que necesitaban a Juan las 24 horas del día. La misericordia de Juan en los demás.

Al salir de la cárcel tenía claro que su vida anterior era pasado y que tenía que comenzar de cero. Llegó a Madrid, y después a Talavera y de Talavera a Toledo andando. Llegó destrozado, pero con la ilusión de empezar de cero. En el Albergue de Cáritas Diocesana de Toledo le atendió su ángel de la guarda, la trabajadora social, Virginia, y otros trabajadores que enseguida le acompañaron, y le dieron esa oportunidad que Juan buscaba. En el Albergue encontró las puertas abiertas para cambiar y le ofrecieron los medios necesarios para poder cobrar una ayuda de excarcelación por su trabajo en la cárcel, y encontrar un trabajo. El Albergue y sus trabajadores y voluntarios se convirtió en un verdadero hogar, donde encontrar una ayuda cuando la necesitaba, y donde siempre había una sonrisa para Juan.

En  el Programa de Media Estancia del Albergue de Cáritas estuvo casi un año. Juan participó en varios talleres como el de búsqueda de empleo; de Habilidades Sociales y de Inglés; de Restauración de Muebles, y de Comunicación Interpersonal. Comenzó una nueva vida. La ilusión y la esperanza llegaron a su vida. Inició una vida apasionante, viviendo en un piso de alquiler y formándose en Agricultura Ecológica.

En este tiempo, Juan ha aprendido que “Dios me ha cuidado siempre”, como nos cuenta. Porque “antes, yo pensaba que era fuerte, casi inmortal y que gracias a mi fuerza y a mi forma de ser, me libraba de las cosas malas que me podrían ocurrir en la vida”. Ha descubierto el Amor de Dios. Todo lo que pensaba estaba equivocado. “Dios me quiere como soy”.

Gracias a Juan (nombre ficticio de nuestro protagonista) por su compromiso. Gracias a todos los que están haciendo posible que Juan tenga ilusión y esperanza.

 

Por Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Toledo